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Un Golpe del Destino
Dos científicos desconocidos resolvieron el secreto de
la vida en unas cuantas semanas frenéticas de inspiración
en 1953. Y así es como lo hicieron.
Por MICHAEL D. LEMONICK
El 28 de febrero de 1953, Francis Crick entró en el pub
Eagle de Cambridge, Inglaterra, y anunció que él y James
Watson habían "encontrado el secreto de la vida." Al menos, eso es lo que Watson recuerda; el recuerdo de
Crick es distinto. Las palabras exactas no importan tanto
porque la verdad es que lo habían hecho. Más temprano
aquel día, los dos científicos habían unido pieza por
pieza la solución de un problema que los investigadores
de todo el mundo se apresuraban en encontrar. Habían
construido
un modelo de ácido desoxirribonucleico (ADN) que demostraba
por su propia estructura cómo el ADN podía ser todo lo
que ellos fehacientemente creían que era: el portador del
código genético y, por lo tanto, la molécula clave de
la herencia, la biología del desarrollo y la evolución. Watson y Crick no eran necesariamente los científicos
más brillantes del momento (aunque sí eran brillantes
y mucho). No tenían la mayor experiencia; sus experimentos
en este área de la ciencia eran, de hecho, prácticamente
inexistentes. No tenían el mejor equipo. Ni siquiera sabían
mucho de bioquímica.
Pero a pesar de estas contrariedades, hicieron un descubrimiento que, en el medio siglo siguiente,
ha transformado la ciencia, la medicina y gran parte de la vida moderna -aunque su impacto
completo está todavía por
llegar. La historia sobre cómo esta singular pareja resolvió el misterio más básico de la
biología molecular es un recordatorio de que las mentes brillantes y una formación de primera no son
necesariamente suficientes para penetrar en los secretos de la naturaleza. También se necesita resistencia,
tenacidad y mucha suerte y, como Watson probó inadvertidamente en 1968 con su éxito de ventas
"La Doble Hélice", su controvertida versión del descubrimiento, un poco de arrogancia nunca
viene mal.

Cuando Watson llegó a Cambridge con 23 años en el otoño
de 1951, el atrevido y brillante joven estaba obsesionado
con el ADN. En un principio había decidido convertirse
en naturalista (desde su infancia sentía interés por las
aves), pero durante este tercer año en la Universidad
de Chicago, Watson leyó un libro llamado "¿Qué es
la vida?" de Erwin Schrödinger, uno de los fundadores de
la física cuántica. Apartándose de forma inteligente de
este campo de conocimiento, Schrödinger argumentaba que
una de las característica fundamentales de la vida es
el almacenamiento y transmisión de información, es decir,
un código genético que pasa de padre a hijo. Y, al tener
que ser lo suficientemente complejo y compacto para caber
en una única célula, este código debía estar escrito
a nivel molecular.
Impresionado por estos argumentos, Watson cambió los pájaros
por la genética y se fue a la Universidad de Indiana en 1947
para estudiar los virus, las formas de vida más simples
del planeta y, por tanto, aquéllas en las que el código
genético debía ser especialmente fácil de encontrar. Por
entonces, los científicos tenían pruebas importantes de
que el código genético de Schrödinger estaba en el ADN
gracias a una serie de brillantes experimentos sobre bacterias
pneumococales, primero a cargo de Fred Griffith, del Ministerio
Británico de Salud, y luego de Oswald Avery en el Instituto
Rockefeller (ahora Universidad Rockefeller) de Nueva York.
Pero mientras que los biólogos usaban con libertad la
palabra gen para referirse a "la menor unidad de información
genética", no tenían ni idea de lo que era un gen realmente.
Y con mucha más autodeterminación de la que un reciente y brillante
doctor de 22 años debería tener, Watson decidió
que sería él quién lo averiguaría. Su primera parada fue
en Copenague, para una beca postdoctoral con el bioquímico
Herman Kalckar, quien estaba estudiando las propiedades
químicas del ADN. La beca terminó rápidamente. "Herman,"
escribe Watson en "La Doble Hélice", "no me estimulaba lo
más mínimo." Incluso peor, decidió que la investigación
de Kalckar no llevaría a una inmediata comprensión del
gen. Durante una conferencia en Nápoles, Italia, en la
primavera de 1951, Watson fue a sentarse durante una conferencia
junto a Maurice Wilkins del King's College, Londres, quien
estaba utilizando la difracción de rayos X para intentar
comprender la estructura física de la molécula de ADN.
Cuando se irradian rayos X sobre cualquier tipo de cristal
-y algunas formas de moléculas biológicas, incluyendo
al ADN- los rayos invisibles excitan los átomos de la muestra
para crear complejos patrones sobre una película fotográfica.
En principio, se pueden observar estos patrones y extraer
pistas importantes sobre la estructura de las moléculas
que conforman el cristal. En la práctica, los patrones
de ADN son endiabladamente difíciles de descifrar.
Pero Watson estaba encantado. La imagen de Wilkins sugería
que el ADN tenía una estructura cristalina regular. Intentando
averiguar cuál es la estructura podía uno, además, encontrarse
en una mejor posición para comprender cómo trabajan los
genes. Por fin había alguien que apreciaba lo que Watson
ya creía pero que muchos científicos no aceptaban todavía:
que el código genético era algo dependiente de la estructura
del ADN. Se dio cuenta de que necesitaba comprender la
difracción de rayos X y quiso unirse a Wilkins en Londres
pero nunca tuvo la oportunidad de pedírselo. Así que
Watson se las arregló para conseguir la siguiente mejor
posición: una beca en el Laboratorio Cavendish de Cambridge,
donde el director, Sir William Lawrence Bragg, había (junto
a su padre Sir William) desarrollado la cristalografía
de rayos X en 1912-14.
Fue entonces, en el otoño de 1951, cuando Watson conoció a Crick (de hecho, conoció antes a la mujer
de Crick, Odile; el único comentario de ella después de esto fue: "¡Pero si no tenía pelo!" -en referencia al
corte de pelo tipo militar de Watson.) Igual que Wilkins, Crick era un físico que se cambió a la biología; como
a Wilkins y Watson,
a Crick le había impresionado el libro de Schrödinger "¿Qué es la vida?" De hecho, él no estaba estudiando el ADN;
a la edad de 35, y gracias en parte a un permiso militar durante la Segunda Guerra Mundial, todavía perseguía su
doctorado sobre la difracción de los rayos X en la hemoglobina, la proteína portadora de hierro en la sangre. Watson, mientras tanto, había ido a Cambridge para utilizar la difracción de los rayos X en la comprensión de la
estructura de otra proteína, la mioglobina.
Pero a pesar de sus deberes, ambos tomaron la
determinación de averiguar qué eran los genes, y ambos
se convencieron de que comprender la estructura del ADN
los ayudaría a hacer esto. "Entonces, conmigo rondando por el
laboratorio, siempre queriendo hablar sobre genes," escribe Watson en
"La Doble Hélice", "Francis ya no guardaba sus
pensamientos sobre el ADN para sí mismo... A nadie le importaba si empleando sólo unas
cuantas horas por semana pensando en el ADN, él me ayudaba
a resolver un problema increíblemente importante."
Los dos hombres resultaron ser completamente compatibles.
"Jim y yo nos caímos bien inmediatamente," escribe Crick
en su libro "Lo que Persiguen los Locos", "en parte porque
nuestros intereses eran sorprendentemente similares y
en parte, sospecho, por una cierta arrogancia juvenil,
implacabilidad e impaciencia hacia el trabajo poco riguroso,
que surgieron de forma natural en los dos." (Crick ya había
tenido problemas más de una vez en Cavendish por
criticar
las ideas llenas de defectos de sus jefes).
A ambos les encantaba también pensar en alto, durante
horas seguidas, paseando al lado del río Cam, durante
las comidas en el piso de los Crick, en el Eagle y, por
supuesto, en el laboratorio, donde su incesante parloteo
volvía locos a sus colegas. (Watson y Crick serían rápidamente
relegados a una oficina separada donde sólo se molestarían
mutuamente.) Lo más importante es que ambos eran tan tercos
como mulas. En cuanto se pusieron a trabajar en la estructura
del ADN, no podían dejarlo hasta que la resolvieran -o
hasta que algún otro lo hiciera antes.
El 'algún otro' más probable, ambos lo creían así, era Linus
Pauling. Una generación después, Pauling sería el activista
contra la guerra más conocido y el un poco torpe defensor
de la vitamina C como el antídoto contra los resfriados
y el cáncer. Pero a mediados del siglo XX, era el primer
físico-químico del mundo, el hombre que había, literalmente,
escrito el manual sobre enlaces químicos. De hecho, unos
cuantos meses antes de que llegara Watson, Pauling avergonzó
a Cavendish ganando la carrera para averiguar la estructura
de la queratina, la proteína de la que están hechos el
pelo y las uñas (era un largo y complejo sacacorchos de
átomos conocido como la hélice alfa).
Mientras que Watson confiaba en los cristalógrafos de
rayos X para darle pistas sobre lo que ocurría a nivel
molecular, Pauling dependía en mayor medida de los modelos
a escala que él construía a mano usando su profundo conocimiento
sobre la forma en que se unen los átomos. Los científicos
de Cavendish, que confiaban más en los rayos X, no se
habían molestado en consultar a sus colegas del departamento
de química sobre lo que era posible que hicieran los átomos
o no, y se desviaron irremediablemente.
La derrota fue humillante -"el mayor error," diría Bragg
un día, "de mi carrera científica" -y Crick y Watson sabían
que podía ocurrir de nuevo fácilmente. Pauling seguramente
comprendió que la estructura del ADN era el siguiente desafío
más grande y que en cuanto ocupara a su cerebro con ese
problema, lo resolvería. "A los pocos días de mi llegada,"
escribe Watson, "sabíamos qué hacer: imitar a Linus Pauling
y vencerle en su propio terreno." Para hacer esto, necesitarían
radiografías del ADN, pero tendrían que buscar fuera de Cambridge. Los cristalógrafos de Cavendish estaban interesados
en las proteínas; el ADN era propiedad del King's College
de Londres; y mientras que la competición activa con los
norteamericanos iba bien, no estaba tan bien meterse -abiertamente,
por lo menos- en los asuntos de sus compañeros británicos.
Afortunadamente, Crick tenía buenas relaciones con Wilkins,
el hombre cuyas imágenes del ADN llamaron inicialmente
la atención de Watson. Por desgracia, Wilkins tenía
muy malas relaciones con su colega del King's College,
la experta, pero poco amable, Rosalind Franklin. A los 31,
ya era una de las más talentosas cristalógrafas y había
regresado recientemente a su país natal para conseguir
un puesto en el King's después de terminar su trabajo
anterior en un prestigioso laboratorio de París.
Franklin confiaba plenamente en la primacía de los datos
experimentales: Pauling podía haber tenido suerte con
su llamativo modelo, pero la mejor forma de comprender
el ADN, insistía, era consiguiendo imágenes de rayos X
de alta calidad primero, y especular sobre lo que significaban
después. "Sólo un genio de estatura (de la de Pauling)"
escribe Watson simplificando la actitud de Franklin, "puede
jugar como un niño de diez años y aun así obtener la respuesta
correcta". Wilkins cometió el error de declarar públicamente
que las imágenes de Franklin sugerían que el ADN tenía
forma helicoidal. Franklin estaba furiosa. Él no tenía
derecho, creía ella, a trabajar siquiera con rayos X y
ADN, lo cual consideraba como su dominio exclusivo en
el King's College.
Continuaron siendo colaboradores formalmente, pero en
la realidad dejaron de hablarse. Para averiguar lo que
hacía, Wilkins tuvo que ir a un seminario que Franklin
daba en noviembre de 1951. Invitó a Watson a acompañarle.
(Crick, cuyo interés en el ADN era célebre, pensó que
podía causar demasiado revuelo si aparecía.) Wilkins había
avisado a Watson que Fanklin era difícil; por su parte,
Watson tenía una muy mala actitud hacia las mujeres por
aquel entonces. Le gustaban las "niñas monas" -jóvenes,
guapas y sin cerebro- pero las mujeres fuertes e independientes
le desconcertaban. En "La Doble Hélice", menciona a Franklin
en un pasaje del que luego tuvo la decencia de detractarse:
"Por elección personal, no enfatizaba su cualidades femeninas.
Aunque sus rasgos eran fuertes, no era fea y podría haber
sido bastante atractiva si hubiera tenido el más mínimo
interés en la ropa. Pero no. Nunca había un pintalabios
que contrastara con su pelo negro y liso, y a la edad
de 31, sus vestidos mostraban toda la imaginación de una
adolescente empollona inglesa."
Entonces llegaron los juicios profesionales: "Rosita Clara
(un apodo que ella aborrecía y que, por lo tanto, sus
inmaduros antagonistas se empeñaban en usar) tenía que
irse, o tenía que ser puesta en su sitio. Lo primero era
obviamente preferible, porque, dado su carácter beligerante,
le resultaría (a Wilkins) muy difícil mantener una posición
dominante que le permitiera pensar sin obstáculos en el
ADN."
Sin embargo, por el momento, los hombres quedaron impresionados
por los datos de "Rosita", y Watson quedó con Crick lo
antes que pudo para ponerle al día sobre lo que había
visto y oído. Pero Watson, con un exceso de confianza
que rallaba en la arrogancia, no se había molestado en tomar
notas. "Si un tema me interesaba", escribiría luego, "podía
normalmente recordar lo que necesitaba. Esta vez, sin
embargo, tuvimos problemas, porque no sabía lo suficiente
sobre la jerga cristalográfica". Un punto clave era la
cantidad de agua presente en las muestras de ADN de Franklin. Watson había memorizado una cifra incorrecta, y
por una gran diferencia.
Armados con esta información errónea, los dos hombres
comenzaron a trabajar en serio. La bioquímica convencional
había demostrado a los científicos desde hacía tiempo
que el ADN estaba hecho de cuatro tipos de moléculas orgánicas,
conocidas como bases -adenina, citosita, timina y guanina,
o A, C, T y G- de algún modo casi encadenadas a lo largo
de una "columna vertebral" de azúcares y fosfato. La cuestión
era ¿cómo? "Quizás habría sido necesaria una semana de dedicación
a los modelos moleculares", escribe Watson, "para asegurarnos
completamente de que teníamos la respuesta correcta. Entonces
sería obvio para el mundo que Pauling no era el único
capaz de conseguir una visión real del modo en que estaban
construidas las moléculas".
Unas cuantas semanas después, Crick y Watson estaban bastante seguros de que lo habían
conseguido. Una tripe hélice de ADN. Invitaron a Wilkins a que viera su modelo y, para su sorpresa,
Franklin también fue. A ninguno le costó mucho darse cuenta de que la memoria de Watson le había
traicionado. La cantidad de agua que tenía que contener una molécula de ADN era 10 veces superior a
la que él había pensado. La estructura que Crick y Watson habían construido con tanta confianza era
imposible.
Su error tuvo dos efectos inmediatos. Primero, Bragg,
harto ya de las impertinencias de Crick, prohibió a la
pareja que trabajaran activamente en el ADN. Después,
Franklin, que ya sospechaba de Crick e incluso más de
Watson, estaba convencida de que, al menos este último,
era un completo idiota. Con gran disgusto, Watson y Crick
dieron sus modelos al grupo del King's y animaron a Wilkins
y Franklin a usarlos. Watson y Crick podían buscar la
ambición, pero también se apasionaban por conocer la estructura
del ADN. Si ellos no podían hacer el descubrimiento, tendrían
que consentir que lo hicieran Wilkins y Franklin. Pero
la chapuza del Cavendish, había convencido a Wilkins y
Franklin de que elaborar modelos no era el modo de resolver
la estructura del ADN. Y nunca utilizaron sus construcciones.
Watson volvió a regañadientes a trabajar en la estructura
del virus del tabaco, y Crick volvió a la hemoglobina.
Pero ningún simple director de laboratorio podía evitar
que hablaran del ADN entre ellos. Y aunque su primera
equivocación había sido desesperanzadora, no los había
podido desanimar. Después de todo, su reputación no
incluía
dejarse vencer. Y si habían llegado a las conclusiones
equivocadas basadas en una información incompleta y un
error tonto, esto sólo era un incentivo para conseguir una
mejor información y ser más cuidadosos la próxima vez.
Además, no podían rendirse, porque ahora Pauling estaba
seguro metido también. Le había escrito a Wilkins, al
jefe de Wilkins, J.T. Randall, pidiendo copias de las
radiografías del King's. Ambos se negaron. Pero Pauling
acudiría a una reunión de la Royal Society en mayo de 1952;
sería más duro rechazarlo en persona. Y, sin embargo,
cuando se preparaba para subir al avión en Nueva York,
el gobierno estadounidense requisó su pasaporte,
aludiendo
a lo que consideraban una peligrosa inclinación política
de izquierdas. Y aunque este revés retrasaba a Pauling,
Watson y Crick sabían que no lo detendría.
El grupo del King's College, mientras, continuaba avanzando con sus investigaciones del ADN.
Franklin trabajaba en el perfeccionamiento de sus radiografías. En mayo de 1952, tomó una que podía ser
crucial -aunque nunca se dio cuenta hasta el día de su muerte. Aumentando la humedad del aparato que empleaba
en el laboratorio, ella y el ya licenciado Raymond Gosling, descubrieron que el ADN podía asumir dos formas.
Con la humedad suficiente, la molécula se estiraba y se hacía más
fina, y las imágenes resultantes eran mucho
más claras que las que nadie había visto nunca. A esta forma con más humedad, la llamaron la forma B del ADN.
Wilkins estaba intrigado; las imágenes le convencían más
firmemente que nunca de que la molécula de ADN era helicoidal,
y le propuso su colaboración a Franklin para investigar
la forma B. Pero Franklin, que todavía pensaba que no
había pruebas de ninguna hélice en sus imágenes, se enfadó
muchísimo, según Wilkins. "Explotó," escribe Brenda
Maddox en su empática biografía de Rosalind Franklin
"La Oscura Dama del ADN" (2002). "Rosalind tenía buenas
razones... Infravalorada en el King's, acababa de conseguir
unos resultados extraordinarios trabajando prácticamente
aislada. Ahora, lo que ella veía como un colega menos
capacitado pero de mayor rango, le proponía trabajar codo
con codo y estropear la claridad de su investigación."
Alarmado por lo que se había convertido en una discusión
pública, Randall, el director del laboratorio, declaró
que desde ese momento en adelante, Wilkins trabajaría
con la forma B del ADN y Franklin tendría la exclusividad
para trabajar con la forma A. Indirecta e involuntariamente,
acababa de brindarle a Watson y Crick una información crucial.
Durante el verano y otoño de 1952, Watson y Crick siguieron
hablando, intentando encajar las piezas del puzzle de ADN.
Una pieza fue el descubrimiento que había hecho años antes
el refugiado australiano Erwin Chargaff. Analizando el
ADN de muchos organismos diferentes encontró que, mientras
la proporciones generales de las cuatro bases de ADN variaban
entre las especies, el número de moléculas de adenina
siempre era el mismo que el de timina, y la citosina y
guanina sufrían un emparejamiento similar. (Chargaff visitó
Cambridge durante este periodo y quedó decepcionado por
la química tan básica que manejaban Watson y Crick -y
ofendido por lo poco que parecía importarles.) Pero los
progresos en el problema más grande eran lentos. "Después
de algunos paseos, nuestro entusiasmo crecía hasta el
punto de que jugábamos con los modelos cuando volvíamos
a nuestra oficina," escribe Watson. "Pero casi inmediatamente
Francis veía que el razonamiento que nos había dado una
esperanza momentánea, no nos llevaba a ningún sitio...
Varias veces continué solo durante media hora más o así,
pero sin los comentarios reafirmantes de Francis, mi falta
de capacidad para pensar en tres dimensiones se hacía
demasiado obvia."
En diciembre de 1952 recibieron malas noticias. En una
carta a su hijo Peter, entonces titulado por la Universidad
de Cambridge, Pauling reveló que publicaría en breve un
artículo sobre la estructura del ADN. Parecía que Watson
y Crick hubieran perdido la maratón. Peter recibió la
nota de su padre el 28 de enero y fue a la oficina de
Watson y Crick para comentárselo. "Sin darle a Francis
la oportunidad de pedir el manuscrito," escribe Watson,
"se lo quité a Peter del bolsillo de su bata y empecé
a leerlo." Pauling padre había llegado a una cadena de
tres fibras con una columna gluco-fosfatada en el centro.
Casi inmediatamente, Watson se dio cuenta de que no tenía
sentido. "No pude ver el error, sin embargo, hasta que
contemplé las ilustraciones durante algunos minutos. Entonces
me di cuenta de que los grupos de fosfato en el modelo
de Linus no estaban ionizados... El ácido nucleico de
Pauling no era en absoluto ácido."
Pero, por supuesto, el ADN era un ácido. Pauling, el químico
más importante del mundo, había cometido un error de química
básica -una metedura de pata inimaginable. Watson y Crick
se retiraron al Eagle a brindar por el error de Pauling.
Estaban más nerviosos que nunca. El artículo había sido
programado para su publicación en marzo; una vez que fuera
publicado, alguien se daría cuenta del error y Pauling
trabajaría aun más duramente para resarcirse. Tenían, como
mucho, seis semanas para averiguar la estructura del ADN.
Watson sabía también que tenía que avisar a Wilkins y
Franklin sobre el gazapo de Pauling. El 30 de enero fue
a Londres. Wilkins no estaba en su laboratorio así que
Watson fue al de Franklin. Lo siguiente que ocurrió -según
el punto de vista de Watson, por lo menos- fue retratado
ampliamente en "La Doble Hélice". El pasaje muestra lo irritable
que Franklin podía ser, pero también demuestra la necesidad
adolescente de Watson de pincharla. Intentó meter a Franklin
en un debate sobre la idea de que el ADN fuera helicoidal,
lo cual, ella insistía, era imposible según las pruebas.
"Rosita, por entonces, era casi incapaz de controlar su
temperamento," escribe él, "y su tono subió cuando me dijo
que la estupidez de mis puntualizaciones habrían sido obvias
si hubiera dejado de balbucear y hubiera echado un
vistazo a sus radiografías.
"Decidí arriesgarme a la gran explosión," continúa. "Sin
inmutarme, le sugerí que era una incompetente interpretando
radiografías. Si sólo hubiera aprendido algo de teoría,
habría comprendido cómo sus figuras supuestamente antihelicoidales,
parecían con menor distorsión agruparse en hélices regulares
de un entramado cristalino." Y explotó. "De pronto, Rosita
se acercó desde detrás del banco al fondo del laboratorio
que nos separaba. Temiendo que en su furia incontenida
me golpease, agarré el manuscrito de Pauling y me retiré
como pude hacia la puerta abierta. Mi huída fue bloqueada
por Maurice (Wilkins) quien, buscándome, acababa de asomar
la cabeza por allí." Franklin le cerró la puerta a ambos.
"Llendo por el pasillo," continúa Watson, "le dije a Maurice
cómo su aparición inesperada había impedido que Rosita
me agrediera. Muy despacio, me aseguró que podía haber
ocurrido perfectamente. Algunos meses antes, había hecho
un intento similar con él." Unidos en su creencia de que
Rosita era imposible -no hay pruebas de que ninguno de
los dos creyera que el científico había contribuido a su reacción-
Watson y Wilkins empezaron a charlar. "Ahora que ya no
necesitaba imaginarme el infierno emocional al que se
había enfrentado durante los dos pasados años," escribe
Watson, "podía tratarme casi como a un amigo y colaborador
más que como a un contacto lejano." Durante su conversación, Wilkins sacó una de las imágenes de la forma B del ADN
de Franklin. Rotulada como Fotografía 51, era su mejor
radiografía
-y, escribe Watson, "en el momento en que la vi me quedé
con la boca abierta y se me aceleró el pulso. El patrón
era increíblemente más simple que los obtenidos previamente.
Además, las cruces blancas de los reflejos que dominaban
en la imagen sólo podían provenir de una estructura helicoidal."
El ADN tenía que ser una hélice después de todo, y en
el frío viaje en tren de vuelta, Watson decidió que dos
cadenas gluco-fosfatadas tenían más sentido que tres.
"Por lo tanto, mientras que pedaleaba de vuelta al campus
y subía hacia la puerta trasera, decidí construir un modelo
de dos cadenas. Francis habría estado de acuerdo. Incluso
aunque fuera físico, sabía que los objetos biológicos
más importantes venían de dos en dos." No era sólo la
claridad de la imagen de Franklin lo que excitaba a Watson.
Era también el hecho de que el patrón se repetía cada
34 angstroms (un angstrom es una diezbillonésima parte
de un metro). Eso les dio a Crick y Watson una información
crucial sobre los ángulos entre los enlaces moleculares.
Mejor incluso, la imagen sugería que las bases unidas
a la cadena estaban claramente apiladas unas encima de
las otras.
Pero, ¿estaban las dos cadenas en el interior o en el
exterior del ADN? El interior era mucho más recto; con
las bases unidas y apuntando al exterior, cualquier código
que marcaran sería fácilmente accesible. Sin embargo,
no parecía haber ningún medio químico para analizarlo,
aunque Watson pasara varios días intentándolo. Finalmente,
escribe, "cuando separaba una molécula particularmente
difícil, decidí que no podía hacer ningún daño si pasaba
algunos días construyendo modelos de cadenas." Esto haría
surgir la pregunta de cómo las ristras de bases aparecían
unidas las unas contra las otras. Pero Watson se ahorró
esa pregunta por el momento.
El 8 de febrero de 1953, los Crick invitaron a Wilkins y Watson a comer, y los científicos del Cavendish
aprendieron varias cosas. Primero, a Wilkins no le importaba si construían el modelo (algo bueno, ya que ellos ya
habían empezado y no tenían la intención de parar ahora.) Y más importante, evidentemente, aprendieron también que el
grupo del King's había preparado un informe sobre sus estudios del ADN para el Consejo de Investigación Médico
(Medical Research Council), que era quien financiaba el proyecto. No era un documento confidencial, así que Watson y
Crick consiguieron una copia. Aquí estaban las pistas más importantes, incluyendo el hecho de que el ADN tenía un
tipo de estructura simétrica particular, que implicaba que la molécula estaba formada por dos cadenas que iban en
direcciones opuestas.
Pero ahí quedó el problema sobre el modo de encajar las
bases. Watson lo siguió intentando emparejando la bases
iguales -una A unida a una cadena que encajaba en una A unida
a otra. Químicamente, podría funcionar. Las bases eran
lo suficientemente distintas en tamaño y forma como para
que este esquema produjera un hueco entre bases o cadenas
malformadas. Incluso peor, cuando Watson mostró su idea
a Jerry Donohue, un cristalógrafo americano que hacía
un trabajo en el Cavendish, Donohue le informó de que
las bases aparecían en más de una forma
química. Watson estaba utilizando la forma descrita en
los libros de texto. Pero estos libros, insistía Donohue,
estaban equivocados.
A Watson y Crick, les llevó una semana aproximadamente
ver que Donohue tenía razón. Habría que construir nuevas
piezas para sus modelos. Pero Watson no podía esperar.
Se pasó la tarde del 27 de febrero fabricando sus propias
piezas de cartón. Luego se fue al teatro. El 28 de febrero,
armado con sus nuevas bases de cartón, Watson comenzó
a intentar casar las bases iguales otra vez -y entonces
tuvo una inspiración. "De pronto," escribe, "me di cuenta
de que un par adenina-timina que encajaba gracias a dos
enlaces de hidrógeno, era idéntico en su estructura a
un par guanina-citosina unido por, al menos, dos enlaces
de hidrógeno." Si las bases se unían así, las cadenas
no serían irregulares. Además, una organización estructural
como esa, claramente explicaba lo que Chargaff había descubierto
en 1950. Si una A y una T se emparejaban siempre, tenía
que haber obviamente cantidades iguales de estas dos bases;
y lo mismo para la G y la C.
"Incluso más excitante," escribe Watson, "este tipo de
doble hélice sugería un esquema de replicación... emparejando
siempre la adenina con la timina y la guanina con la citosina,
la secuencia de las bases de las dos cadenas gemelas resultaba
complementaria. Dada la secuencia de bases de una cadena,
automáticamente se sabía la de su compañera. Teóricamente,
era por tanto muy fácil visualizar cómo una única cadena
podía ser copiada para la síntesis de otra cadena con
la secuencia complementaria."
Consultó a Donohue. Tenía sentido. Crick apareció unos
40 minutos después; también tenía sentido para él. Pero
aun había detalles que averiguar, y Watson temía una repetición
de sus chapuzas de finales de 1951. "Sentí náuseas
cuando, a la hora del almuerzo, Francis se pasó por el Eagle para comunicar a todo aquél que podía oírle, que
habíamos encontrado el secreto de la vida."
Por supuesto que lo habían hecho. Wilkins y Franklin se
enteraron pasados unos días -aunque nunca confesaron a
Franklin el papel fundamental que su radiografía había
tenido. El resto del mundo conocería la doble hélice gracias
a una carta de una página publicada en la revista Nature,
y que apareció
el 25 de abril de 1953. Comenzaba con la ahora ya famosa
declaración: "queremos sugerir una estructura para la
sal del ácido desoxirribonucleico (A.D.N.). Esta estructura
presenta unas características novedosas de un interés
biológico considerable."
En conjunto, lo que encontraron estaba tan claro que Pauling
o Wilkins o Franklin o alguien más lo habría hecho posiblemente
en las semanas siguientes. El motivo por el que en su
lugar recordamos a Watson y Crick lo resumió muy bien
este último. "El mayor mérito que creo nos merecemos
Jim y yo," escribe, "es el de haber elegido el problema
correcto y habernos puesto con él. Es verdad que yendo
a ciegas encontramos la mina de oro, pero el hecho es
que nosotros buscábamos oro."
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